domingo, 19 de octubre de 2014

Mátame


Tus ojos me atraviesan los pulmones, haciéndome un daño placentero en el estómago, que me sube rápidamente a la garganta, y me deja sin palabras y me mata. Me matas cada vez que me respiras el lóbulo sin darte apenas cuenta. Disparas a bocajarro mi aurícula derecha, sin saberlo, sin cerciorarte lo más mínimo de la dulce condena a la que me sometes segundo tras segundo. Y cuando no me tocas, cuando parece que todo es normal, también me matas los latidos, porque se aceleran pensando que estas demasiado lejos, y eso, mi vida, es matar también. Mátame todos los días, quiero ser exclusiva en tus asesinatos. Ya no puedo vivir sin ir muriéndome en tus besos, en los que te voy robando por las noches (te los robo también en sueños). Ya no puedo morir si no es por ti. Por tus legañas de niño pequeño, por tus formas de mirarlo todo tan fácil, tan auténtico. Porque la vida ya no es vida sin que tu me vayas matando momentos, y digo que "me matas" cuando no sé explicar la reacción de mi cuerpo, de mis manos, de mis deseos. Me matas en vida (sólo tú puedes hacerme eso), y yo solo quiero seguir muriendo, solo quiero que sigas matándome de eso que dicen que es "amor". En el más dulce sentido de la palabra, no se me ocurre forma más bonita de definir la muerte. La vida. Solo sé decir "te quiero" y escribir cosas que no tienen mucho sentido. Como ésta. Como que ya no sé vivir sin ti. Así que mátame. Mátame todas las veces que quieras. Cuanto más dispares, mejor. Cuanto más me mates, mejor vivo.






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