miércoles, 30 de marzo de 2011

Como de aquí a la luna y volver



Y creímos que iba a ser para siempre.
Y que el sol iba a ser siempre el mismo sol.
Y la luna la misma luna.

Y creímos que iba a ser para siempre.

 








lunes, 28 de marzo de 2011

Allí donde solíamos gritar


Sentir nuestro odio demasiado nuestro.
Empujarnos al precipicio.
El viento de nuestras bocas soplándonos, impostoras.
Caemos al agua que nos inunda,
vertiendo insomnios en nuestras cuencas.
Nadamos entre lágrimas.
Gritamos nadas de ansiedad.
No nos encontramos.
Y no me tienes y no te tengo,
y nos tenemos en silencio.
Sentir nuestro odio demasiado nuestro.



miércoles, 23 de marzo de 2011

Miedos


Se miró al espejo. La chica reflejada llevaba la pintura de ojos corrida. Le dio lástima. Permaneció llorando miedos y recuerdos mientras la observaba, como quien mira a un mendigo en la calle con tristeza, sin poder hacer nada. Como si quisiera darle un abrazo y un beso a través del cristal. Cogió papel higiénico y continuó llorando el alcohol de todo su cuerpo, mientras se secaba las lágrimas prohibidas y se desmaquillaba las mentiras. Mientras estallaba su silencio encogido en mil ideas circulares. Lloró palabras de hierro, lloró personas valiosas, lloró momentos de terciopelo, lloró vacíos, lloró sueños y pesadillas, la fragilidad de la existencia, la ambigüedad de la inteligencia, la levedad de la valentía, lloró sus propios ojos y sus pestañas. Se lloró ella entera, lloró la nada.  Lo lloró todo durante dos horas. “Qué frío hace cuando se está triste”. A la mañana siguiente desayunó tostadas de resaca y desencuentro. Se ensimismó unos segundos, recordando los sollozos sin mecedora de la noche anterior. Y el frío. “Aquella chica estaba realmente triste”. El miedo esta vez le duró un instante. Un instante que relativizó con otro bocado de resaca. Con el paso de los latidos, enseguida se olvidó de aquella extraña y sus flaquezas, y continuó con su vida de domingo. Lloviendo sin llover en sus pupilas condolidas. Gritando silencios ensordecedores en su garganta de juguete. Sin comer demasiadas perdices al final del día.



Porque todo lo demás puede cambiar, pero con quien vamos a pasar el resto de nuestra vida es con nosotros mismos. Debemos cuidarnos y  escucharnos por dentro. A veces entre tanta gente no somos capaces. Todos tenemos derecho  a sentirnos y  encontrarnos por algún rincón donde nadie es capaz de mirarnos. Todos tenemos derecho a días grises y solitarios de vez en cuando. Búscate tranquilo/a, sin compromisos, descúbrete y llórate  si te apetece. ”Es difícil sonreír cuando lo normal es que lo hagas”.




sábado, 19 de marzo de 2011

ADMIRACIÓN


Me has dicho alguna vez que cuando yo nací maduraste de repente. Me escribiste una carta un día cuando era pequeña, diciéndome que yo soy el mejor error cometido de tu vida. Me has querido a tu forma todo este tiempo, y yo a ti a la mía, chocando con nuestro carácter parecido y con nuestros miedos. Tienes ese poder para disgustarme que nadie tiene. Pero sobre todo, tienes ese poder sobrenatural que admiro tanto y me apasiona, todo eso que te hace tan guapo por fuera y por dentro: tu humanidad, tu humildad, tu inteligencia, tu fuerza, tu vida saludable, tu seguridad en ti mismo y tu complicada mente. Nos has transmitido tus valores y tu forma de ver el mundo. Nos has hecho buenas personas, que es lo único importante. Nunca llegaré a escribir como tú. Pensaba escribirte algo, pero prefiero dejar constancia de un poema tuyo que es perfecto, demasiado bonito y triste, esperanzador. Felicidades papá.



Eres el reverso del sol,
la sombra misma
donde el astro oculta el pensamiento.

Eres materia de crepúsculos,
esqueleto de la tiniebla,
filamento que organiza la gruta,
umbrío surtidor apenas gota
de llanto, apenas grito.

Pero la luz un día
descenderá sobre el ritmo ciego de tus pasos
y erigirá la cumbre iridiscente del latido.

Volverás a la vida, lo prometo.

 
                                   Federico Guillén Montiel






martes, 15 de marzo de 2011

Gracias por...


- Ponerme carteles en tu laberinto de cemento.
- Mirarme con tus dedos.
- Desordenar mis días.
- Abotonar tus manías a las mías.
- Hablarme sin hablarme.
- Aguantarme los malos ratos y presentarme a mí misma.
- Hacerme más guapa por dentro.
- Pegarme los trocitos de fragilidad cuando me he roto, uno a uno, con paciencia.
- Entrar dentro de mí sudando te quieros y viajes a la luna.
- Transmitirme tanto en cada disparo de tu cámara.
- Llevarme al País de Nunca Jamás como si fuéramos niños perdidos.
- Saborearme con tus ojos de cristal.
- Los días azules.
- Hacer que me sienta poderosa, en mis pensamientos y sentimientos.
- Pensarme tanto.
- Olisquearme la mente hasta cuando sabes que ya no puedes sacarme más y te da rabia.
- Prestarme los prismáticos de vez en cuando, para poder ver la letra pequeña de la vida y de nuestra vida.
- Hacer que me quiera de esta forma y que no dependa de nadie, ni siquiera de ti.
- Darme abrazos de oso y rodearme con un solo brazo toda la cintura.
- Hacer que me ilusione por tonterías (perdón, sé que te enfadas cuando las llamo tonterías).
- Apagarme la luz todas las noches y encendérmela de día.
- Hacerme el café todas las mañanas para que pueda volar el resto del día.
- Escucharme desde ese nivel al que nadie llega.



Gracias por linternarme el mundo…
Felicidades pequeño héroe de mi silencio y de mis no-silencios.






miércoles, 9 de marzo de 2011

En tierra de nadie


Lluvia de recuerdos arrugados,
recuerdos que me mojan las manos
y me resbalan las vivencias que toco.
Llora el cielo y pienso.

Los grisáceos proliferan, empapados
de gotas lejanas, de vacíos inertes
en humerales callados blancos y negros,
y verdes de líquenes tímidos.

Respiro la tierra, la distancia, el secreto.
Imágenes de azúcar que caducan borrosas,
insípidamente extrañadas,
se intuyen un poco al mojarse y huelen.

El agua me erosiona la mirada caliza,
el brillo de la córnea ya es mate y casi fósil.
El helor satura la imagen grabada en super 8
y voy perdiendo el aroma con prudencia entre los musgos.

El olvido perezoso hace cauta la mella,
pero nunca acaba su trabajo marmóreo.
Siempre se queda un rato, taciturno.
Ni se ahoga ni se seca, se humedece.

Me meto y enciendo la chimenea,
y espero a que alguien me linterne el mundo,
yo misma o mis versos, aunque no los lea nadie,
aquí dentro por lo menos, escribo y me resguardo.



sábado, 5 de marzo de 2011

Sin título


El pincel ha sido demasiado fiel a mi lienzo y ha emborronado los colores creando una mancha gris oscura. Es tu facilidad para estropearme el cuadro. Es mi vulnerabilidad ante tus tonos fríos.


No logro acabar mi cuadro, contigo tan lejos he olvidado cómo se firma.







martes, 1 de marzo de 2011

Guapa


Cerró los ojos. Lloró tanto que también se le acabaron las lágrimas. Comenzó a pensar en una solución para luchar contra su tristeza y su soledad. Ella quería seguir siendo guapa por dentro, así que pensó y pensó en todas las demás personas…

Primero pensó que había demasiadas personas en el mundo. Pensó en rodearse de las mejores. Esas que sonreían porque sí, que regalaban su tiempo y eran agradecidas con la vida y con los demás. Esas que no exigían nada a nadie y que no se movían sólo por sus intereses. Que le querían con humildad y eran auténticas, que nunca le echaban nada en cara. Pero luego vio que algunas veces era inevitable que otras personas regulares pasaran por su vida. Que todas ellas iban a tener probablemente algo que no le gustara y la incomodara, una forma de ser clasista, por ejemplo. Pensó que ni ellas mismas se daban cuenta, o sí, pero que ella no podía cambiar el mundo, ni estar triste para siempre.

Al final la niña no tuvo más remedio que reaccionar y volverse más realista, madurar y tranquilizarse. Dejó de llorar. Decidió que las personas regulares seguramente también tendrían cosas buenas que valorar. Que cada una había tenido una educación diferente, y ella no podía hacer nada contra algo irreversible. No podía ir dando lecciones de justicia por ahí. Pensó que probablemente ella también tenía defectos que no gustaban a los demás. Siguió pensando, y llegó a la conclusión de que ella tenía que seguir sonriendo, porque era lo suficientemente feliz y hacía feliz a mucha gente. Le gustaba querer, sin más. Sintió mucha pena por los que eran envidiosos, egoístas y poco humildes, porque eso quería decir que no eran felices del todo. Pero ella no podía estar triste toda la vida pensando en ellos.

Había decidido por fin volverse un poco egoísta y quedarse con lo mejor de cada uno, sin sentir ni un gramo de tristeza más. A la vez, sin darse apenas cuenta y sin forzar nada,  iba rodeándose de personas buenas, que eran las que tenían cosas en común con ella y la querían sin contemplaciones, sin reglas. Aun así cuando aparecía alguien muy distinto a su ideología, intentaba no sufrir, sacar un ápice de positivismo y dejar que todo fluyera poco a poco, aceptando y acostumbrándose a las diferentes formas de ver el mundo. De vez en cuando se enfadaba con alguien demasiado feo, pero éste ni se cercioraba, y enseguida se recuperaba sin alterarse mucho, dejando latente su humilde opinión, y su sonrisa. Al fin y al cabo, pensó, todos estamos un poco solos.