domingo, 18 de diciembre de 2011

Aquel hombre

Cogió su tazón de chocolate caliente de todas las noches. Se dirigió a su sillón, el de todos los días. Pero esta vez no pudo poner su programa favorito. En todos los canales estaban esperando las doce campanadas. Mientras se calentaba las manos con el tazón, se quedó un minuto observando a toda la gente de la tele. Luego la apagó. Miró a Luna, su perra, ya mayor. La acarició durante unos segundos: "Buenas noches Luna". Tras unos sorbos se fue a la cama. Hizo como si nada, como si hubiese sido una noche más. Pero en el fondo sabía que no era así. Precisamente para él, ésta no era una noche más. Se trataba del momento "lleno de nadas". El de  recordar que estaba solo. Tan solo como ni la soledad supo jamás. Tan solo como sólo sabían cada una de sus lágrimas anónimas, mientras dormía.


Y su corazón le latía tan triste...que tuvo que parar la melodía. Y cesaron las lágrimas anónimas, y la soledad siguió sin saber que él ya no existía. Fueron los ladridos en mitad de la noche de aquel 1 de enero, los que gritaron desgarrados al olvido.

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