viernes, 11 de noviembre de 2011

Apnea


Cuando era pequeña me quedaba aguantando la respiración debajo del agua en la piscina. Me gustaba esa sensación. La de aislamiento del resto del mundo. La de no saber qué pasaba fuera. Me relajaba el silencio que me envolvía, la cámara lenta de mi cuerpo mientras flotaba. La soledad perfectamente imperfecta que me inundaba los párpados. Me gustaba. Me sentía cerca de mí y lejos de todo lo demás. Por eso aguantaba tanto tiempo sin respirar.  Necesitaba el silencio del agua. Permanecía quieta, en mi trozo de yo, sumergida en mis pensamientos. Nadie podía acceder  a mi momento. Nadie sabía lo de mirarme los dedos y planear comerme el mundo entero con las manos, de un solo bocado, saboreando personas y atardeceres, sin tener miedo a tener miedo. Era ese pico de inocencia interrumpida, de valentía ingenua pero arrolladora. Era justo ese punto de inflexión en la apnea que alargaba un par de segundos, el que me hacía sentirme más viva.





Mientras tanto todos estaban fuera, tomando el sol.



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