domingo, 18 de septiembre de 2011

Érase una vez...


Érase una vez, un niño que iba regalando pedacitos de su corazón a todas las personas que se encontraba. Iba recortando trocitos, poco a poco, días tras día. Pasaba el tiempo, y él se preocupaba un poco, porque pensaba que al final se iba a quedar sin corazón. Pero conforme pasaban los latidos, un día se dio cuenta de que su corazón en vez de menguar, crecía cada vez más. Él no lo entendía, porque todos los días recortaba un poco, y lo lógico era que el corazón se hiciese cada vez más pequeño.



Pasó el tiempo, y el niño dejó de ser un niño, se convirtió en un chico, luego en un hombre, después en un anciano.



Un día su corazón comenzó a ir más despacio. Se estaba muriendo. Le dijo a su mujer: "no llores, he sido tan feliz con el corazón tan grande que no tengo más remedio que morirme sonriendo." Y cerró los ojos. Y su corazón dejó de latir.



Había regalado trozos de corazón a gente que no se lo merecía. Pero esto no era un problema. No se arrepentía. Lo único que sentía por esa gente era lástima y no les tenía ningún rencor. Había valido la pena los trozos que había regalado a personas agradecidas. Éstas habían agrandado su corazón el doble, habían hecho de su vida un sueño: un sueño rodeado de acciones transparentes, de conversaciones sinceras, de momentos auténticos, de abrazos sentidos, de besos para siempre. En definitiva, un sueño hecho realidad, una vida de felicidad perfecta, la única que de verdad existe, la que tienen los corazones grandes.




La felicidad perfecta existe, está en los corazones grandes. Entre ellos se la van pasando, y sólo ellos saben que no necesitan nada más.





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