jueves, 28 de julio de 2011

ABDUL


Supongo que mi rostro yacía sin sentido, con una mirada huérfana refugiándose en el mar, y de color tierra. Abdul pasó vendiendo gafas. Yo, asomada al precipicio en la realidad y en la ficción, le contesté: “No, gracias, tengo muchas, lo siento”. Sus ojos solitarios pero independientes, me clavaron un hálito de paz y ternura, curándome los míos de repente, empapándome con un brillo humilde y soñador. Entonces me preguntó: “¿Por qué estás tan triste?” Primero me quedé parada, sin saber si contestar con sinceridad, después dije: “Estoy pensando en cosas que no me hacen sonreír”. Abdul se sentó a mi lado (no sin antes pedirme permiso de forma cortés). Fue uno de esos momentos de “cuento de hadas que no existe”, de esos que recuerdas para siempre, con la piel erizada y entre comisuras felices. Me contó su vida en Torrevieja, su vida en su ciudad natal, Marrakech, cómo le iba el trabajo aquí. Yo no le conté nada. No hizo falta. Me limité a escucharle y opinar sobre lo que me decía. Hasta que apareció mi madre, llamándome para comer. Le dije que iba enseguida. Me despedí de él con unas ganas enormes de invitarle a comer, pero no lo hice (más por mi madre). Y antes de irse, sin perder la sonrisa y con los dientes muy blancos, se despidió: “Me ha gustado mucho hablar contigo, eres una persona buena, no dejes de sonreír, eres muy guapa cuando lo haces”. No me dio tiempo a decirle lo que pensaba de él y cómo me había sentido, pero estoy segura de que le hablé sin hablar. Y Abdul se fue alejando de mí y yo de él, y él de mí y yo de él…Se fue siendo realmente consciente de lo que significó para mí y mi mirada huérfana.






Gracias por tu tiempo, espero que te vaya bien. Sonrío…





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