miércoles, 23 de marzo de 2011

Miedos


Se miró al espejo. La chica reflejada llevaba la pintura de ojos corrida. Le dio lástima. Permaneció llorando miedos y recuerdos mientras la observaba, como quien mira a un mendigo en la calle con tristeza, sin poder hacer nada. Como si quisiera darle un abrazo y un beso a través del cristal. Cogió papel higiénico y continuó llorando el alcohol de todo su cuerpo, mientras se secaba las lágrimas prohibidas y se desmaquillaba las mentiras. Mientras estallaba su silencio encogido en mil ideas circulares. Lloró palabras de hierro, lloró personas valiosas, lloró momentos de terciopelo, lloró vacíos, lloró sueños y pesadillas, la fragilidad de la existencia, la ambigüedad de la inteligencia, la levedad de la valentía, lloró sus propios ojos y sus pestañas. Se lloró ella entera, lloró la nada.  Lo lloró todo durante dos horas. “Qué frío hace cuando se está triste”. A la mañana siguiente desayunó tostadas de resaca y desencuentro. Se ensimismó unos segundos, recordando los sollozos sin mecedora de la noche anterior. Y el frío. “Aquella chica estaba realmente triste”. El miedo esta vez le duró un instante. Un instante que relativizó con otro bocado de resaca. Con el paso de los latidos, enseguida se olvidó de aquella extraña y sus flaquezas, y continuó con su vida de domingo. Lloviendo sin llover en sus pupilas condolidas. Gritando silencios ensordecedores en su garganta de juguete. Sin comer demasiadas perdices al final del día.



Porque todo lo demás puede cambiar, pero con quien vamos a pasar el resto de nuestra vida es con nosotros mismos. Debemos cuidarnos y  escucharnos por dentro. A veces entre tanta gente no somos capaces. Todos tenemos derecho  a sentirnos y  encontrarnos por algún rincón donde nadie es capaz de mirarnos. Todos tenemos derecho a días grises y solitarios de vez en cuando. Búscate tranquilo/a, sin compromisos, descúbrete y llórate  si te apetece. ”Es difícil sonreír cuando lo normal es que lo hagas”.




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