martes, 1 de marzo de 2011

Guapa


Cerró los ojos. Lloró tanto que también se le acabaron las lágrimas. Comenzó a pensar en una solución para luchar contra su tristeza y su soledad. Ella quería seguir siendo guapa por dentro, así que pensó y pensó en todas las demás personas…

Primero pensó que había demasiadas personas en el mundo. Pensó en rodearse de las mejores. Esas que sonreían porque sí, que regalaban su tiempo y eran agradecidas con la vida y con los demás. Esas que no exigían nada a nadie y que no se movían sólo por sus intereses. Que le querían con humildad y eran auténticas, que nunca le echaban nada en cara. Pero luego vio que algunas veces era inevitable que otras personas regulares pasaran por su vida. Que todas ellas iban a tener probablemente algo que no le gustara y la incomodara, una forma de ser clasista, por ejemplo. Pensó que ni ellas mismas se daban cuenta, o sí, pero que ella no podía cambiar el mundo, ni estar triste para siempre.

Al final la niña no tuvo más remedio que reaccionar y volverse más realista, madurar y tranquilizarse. Dejó de llorar. Decidió que las personas regulares seguramente también tendrían cosas buenas que valorar. Que cada una había tenido una educación diferente, y ella no podía hacer nada contra algo irreversible. No podía ir dando lecciones de justicia por ahí. Pensó que probablemente ella también tenía defectos que no gustaban a los demás. Siguió pensando, y llegó a la conclusión de que ella tenía que seguir sonriendo, porque era lo suficientemente feliz y hacía feliz a mucha gente. Le gustaba querer, sin más. Sintió mucha pena por los que eran envidiosos, egoístas y poco humildes, porque eso quería decir que no eran felices del todo. Pero ella no podía estar triste toda la vida pensando en ellos.

Había decidido por fin volverse un poco egoísta y quedarse con lo mejor de cada uno, sin sentir ni un gramo de tristeza más. A la vez, sin darse apenas cuenta y sin forzar nada,  iba rodeándose de personas buenas, que eran las que tenían cosas en común con ella y la querían sin contemplaciones, sin reglas. Aun así cuando aparecía alguien muy distinto a su ideología, intentaba no sufrir, sacar un ápice de positivismo y dejar que todo fluyera poco a poco, aceptando y acostumbrándose a las diferentes formas de ver el mundo. De vez en cuando se enfadaba con alguien demasiado feo, pero éste ni se cercioraba, y enseguida se recuperaba sin alterarse mucho, dejando latente su humilde opinión, y su sonrisa. Al fin y al cabo, pensó, todos estamos un poco solos.








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